Está claro que uno no se siente parte de un lugar hasta que no descubre sus lugarcitos. Cuando nos mudamos a Bajamar lo hicimos rápido y casi moribundos. el día que nos dieron las llaves de la casa nueva nos vinimos, ni siquiera pudimos esperar a que viniera la empleada a limpiar. Esa misma noche agarramos cuatro cosas y nos vinimos a dormir acá. Recuerdo que en la mitad de la noche me desperté para ir al baño, al cruzar la puerta del cuarto medio sonámbula me atacó la imagen perfecta del mar a punto de amanecer en el ventanal. No podía despabilarme para poder discernir si lo que estaba viendo era real o parte del estado del propio sueño. Sentí que mi cuerpo pertenecía a este lugar. Es curioso, hace 5 meses que vivimos aquí y todavía no conocemos a mucha gente, incluso el otro día estábamos en el súper de la esquina y el señor que atiende me preguntó por mi novio. Estábamos vivos, alguien casi desconocido nos reconocía por separado y como pareja.



Desde que llegamos empezamos a frecuentar un restaurancito de la esquina, hemos terminado siendo amigos. Ese lugar es para nosotros una continuación de nuestra casa, algo de raices, ya que el dueño y su mujer son uruguayos, y la verdad es que comemos más allí que en nuestro departamentito. Ahí desconectamos, nos reimos y somos parte de algo.
Su dueño es un personaje muy inquieto y curioso, algo tempestuoso y arrebatado como los latinos. Es políticamente incorrecto pero un gran cocinero. Creo que a él le divierte que seamos colegas y cada vez que vamos él se despacha con platos geniales para sorprenderme. Es divertido dejarse llevar. Un día, hará unas semanas, me hizo un magret de pato con soufflé de queso que me dejó atónita.
Mientras escribo en la terraza mirando el mar, pienso en cuánto le debemos a nuestro Bajamar.